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El divorcio ‘feisbukero’ de Rafael Correa y Lenín Moreno

Para Rafael Correa, Ecuador tiene que “ir a la resistencia” porque “la Revolución se detuvo”. Eso dijo a través de una transmisión por Facebook o Facebook Live, el pasado 12 de agosto, en su primera aparición desde que se fue a Bélgica. Fue un sábado, el mismo día que solía dar sus sabatinas, el informe de sus labores presidenciales, cuya producción costaba 22.000 dólares. Esta sabatina de bajo costo sirvió para defender su aporte al país y para desacreditar a su sucesor, Lenín Moreno, quien se ha distanciado del correísmo con gestos tan simbólicos como sentarse a hablar con toda la oposición, indultar a líderes indígenas y encargar la gestión de los medios públicos a periodistas independientes. “Su consigna es destruir a Correa”, denunció el expresidente y se incluyó en la liga de los líderes progresistas perseguidos. “El objetivo final es inhabilitarme para otra candidatura, lo mismo le están haciendo a Lula”.

Correa no ha tardado en hacerse un lugar como la máxima figura de la oposición y en dejar ver sus aspiraciones presidenciales, aunque hasta hace poco besaba a su sucesor y lo aupaba afectuosamente.

En un artículo anterior escribí que el exmandatario ecuatoriano podría seguir la senda del colombiano Álvaro Uribe, quien apenas salió del gobierno se convirtió en la bête noire de su delfín, Juan Manuel Santos, creando incluso un nuevo partido político, el Centro Democrático, para combatirlo. No estaba errada. Pero la rapidez del divorcio político en Ecuador ha sorprendido a todos. En Colombia pasaron dos años antes de que Uribe fundara su nuevo partido, aquí no han pasado ni los primeros 100 días de mandato de Moreno y ya Correa llamó a sus fieles a desafiliarse del partido de gobierno, Alianza País, y formar uno nuevo.

Correa ejerce la oposición a través de las redes sociales. Esta es su trinchera. Y está más activo que nunca, sus trinos son diarios y opina en tiempo real, a pesar de la diferencia horaria con Bélgica. Conmina, sobre todo a los jóvenes, a defender su legado y asegura que existe una hoja de ruta para cargarse el país que él tanto ayudó a construir. En su primer monólogo digital esbozó una teoría de la conspiración que incluye una consulta popular para retocar la Constitución y el retorno del “hombre del maletín”, quien estaría comprando voluntades en la Asamblea Nacional para romper la unidad del bloque de gobierno y derogar leyes que llevan su nombre y apellido.

“Cínico, desleal y mediocre”, fueron los adjetivos que empleó para referirse a Moreno, quien —según él— está fundando “un Estado de mentira”. Pero lo cierto es que el sucesor tiene más del 80 por ciento de aprobación, en parte porque está presentando otro país, fuera de la propaganda que impuso Correa. Uno de los aciertos de Moreno fue desnudar el lastre que dejó el gobierno de Correa: una deuda de 58.000 millones de dólares, el 57 por ciento del PIB. “No hay tal mesa servida” dijo Moreno para ironizar con la frase que el mismo Correa pronunció durante la transición.

El divorcio de Moreno y Correa no es de mutuo acuerdo, no fue hablado, sino todo lo contrario. Como suele ocurrir en estos casos, se están destapando todas las miserias humanas que antes se disculpaban. La corrupción en el gobierno pasado quizás era de esas cosas que se trataban a puerta cerrada, pero no más.

El vicepresidente del país, Jorge Glas, que también fue el lugarteniente de Correa y lideró todos proyectos estratégicos, es uno de los señalados en el caso Odebrecht y finalmente será investigado por asociación ilícita. Recientemente, Moreno lo despojó de todas sus funciones y lo echó de su lado. Los delatores brasileños afirman que le entregaron 14 millones de dólares a través de su tío y socio comercial, que está detenido hace casi tres meses.

Correa, sin embargo, lo defiende a ultranza argumentando que todo es parte de un libreto, que la gestión de Moreno lo quiere vincular porque “él no solo que no roba, sino que no deja robar”. Como buena criatura mediática, deseoso de likes, ha dicho que seguirá con sus sabatinas digitales para enganchar a sus followers. Mientras tanto publica cada nimiedad que hace y todo lo que dicen de él.

Moreno le sigue el juego en redes sociales, pero con menos intensidad. Alguna vez aclaró lo que significa ser revolucionario y definió el síndrome de abstinencia del poder. Sobre la corrupción escribió una publicación muy graciosa: “Combatir la corrupción es un acto de profundo compromiso con la patria. No he sido elegido ni para perseguir ni para encubrir a nadie”. Está claro que no quiere ser un presidente de fachada y que sí, tiene su propia agenda.

El partido de gobierno, Alianza País, no se resigna al divorcio y envió en estos días una delegación a Bélgica para solucionar el impasse entre sus líderes. Pero Moreno no tardó en decir que no había solicitado ninguna mediación. Poco después, tres colaboradores clave del correísmo, que se mantenían a su lado, renunciaron al gobierno.

“¿Quo vadis, Ecuador?”, se preguntó el exmandatario en uno de sus trinos, quizás sintiéndose haber sido el Mesías para el país. Pero mejor no dejarlo responder o no escucharlo, aunque amenaza con seguir con sus alocuciones “facebukeras” y su llamado a la resistencia. ¿A dónde va Ecuador? Esperemos que la pugna por el poder a la que asistimos todos no debilite las instituciones democráticas y que no se bloquee ningún proyecto de país. Si volvemos a ser una nación fallida, puede volver otro salvador y repetirse todo de nuevo.

Fuente: NYTimes

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