La primera elección judicial se ha jugado como un partido de rugby con reglas del futbol, el árbitro desaparecido y candidatos que nunca habían pisado la cancha, en un torneo llanero del que los aficionados esperan que mejore la justicia. Aunque el resultado del experimento es incierto y peligroso por el riesgo de dejar otra oportunidad perdida para ganar a la imbatible impunidad.
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Sobre todo, porque el objetivo de desterrar la corrupción y la negociación de la ley con que López Obrador impulsó la reforma judicial fracasen en una implementación caótica, compleja y muy problemática, y para la que nadie está preparado. La mayoría de los mexicanos convocados a las urnas desconoce a los aspirantes e ignora qué se va a votar, aunque eso no significa que la rechacen o carezcan de esperanza en que algo mejore la situación de los excluidos del acceso ella. Por eso, la mayor decepción sería que su mal diseño conduzca de una justicia cooptada por el privilegio y el dinero a otra por los intereses político/partidistas y el crimen.
La participación es el foco de la litigiosidad de llamados opositores a no votar con el cálculo vacuo de revertirla haciéndole el vacío, en otra muestra de desconexión de sus liderazgos políticos y la opinión publicada con la gente; ya se verá si es mayor a la esperada por el INE (entre 8% y 15%), como apuntan en los últimos días las encuestas de Mitofsky y de El País (23%), a pesar de augurios de desastre de un proceso “kafkiano”, como descalifica el Financial Times.
Las campañas a no votar hacen eco de ese adjetivo que suele aplicarse a situaciones siniestras de instituciones invisibles que rastrean y controlan al ciudadano común. Pero cabe preguntarse qué puede ser más absurdo y fantasmagórico que la casi total impunidad de delitos que ni se persiguen y menos se castigan; ni una situación más peligrosa para las libertades que la falta de acceso a la justicia o su servicio al mejor postor que prevalece en nuestra democracia que, retóricamente, se pretende defender.
Pero, de no ser así, ¿cuál es la opción de no votar?, en el país las estrategias abstencionistas han reducido las resistencias a marginalidad testimonial. Pero estos otros se mantienen en la idea de guardar su voto para deslegitimar una elección que ven como farsa. Parten de considerar que la reforma no responde al objetivo de mejorar la justicia, aunque esté técnicamente quebrada, y creen que votar los vuelve cómplices de un proyecto autoritario que significará un retroceso democrático, a pesar de las preferencias de una ciudadanía manipulable que se equivoca.
En ese escenario, el gobierno de Sheinbaum puede encallar como un barco en arenas tóxicas y Morena empeñar parte de su capital político, pero se sostendrá como hecho consumado en la reforma constitucional que sostiene su legalidad, aunque deje de lado lo más importante: el mayor valor de la elección es que demuestre el anhelo de cambio en el sistema de justicia con un mensaje claro de la ciudadanía del partido que sea, pues, al fin y al cabo, la decisión y responsabilidad será suya.