Analistas

Siempre no

Publicado por
Guadalupe Bustamante

Hay derrotas que duelen por el marcador y otras que pesan porque muestran, otra vez, nuestra verdadera estatura futbolera, frente a un equipo que vale mil 549 millones de dólares. La derrota de México ante Inglaterra no fue un accidente sino la repetición exacta de un límite que la Selección mexicana parece haber convertido en costumbre.

En dos minutos se le cayó el Mundial. Al 36, Jesús Gallardo perdió la espalda por su costado y Bukayo Saka encontró la rendija. Al 38, Gil Mora regaló una salida y Anthony Gordon cobró el error con la frialdad de quien entiende que en estas instancias no se perdona.

México corrió, empujó y sostuvo la ilusión un rato más, con el gol de Juliàn Quiñónes al minuto 41, luego penal impecable ejecutado por Kane al minuto 60… y al final penal de Raúl Jiménez al minuto 69 devolvió la esperanza.

Resultó insuficiente. México confundió intensidad con eficacia rotunda. Le faltó fútbol donde sobraba voluntad. El silbatazo no dejó una tragedia nueva, sino una postal repetida: jugadores abatidos y una afición frustrada. 

No duele perder contra Inglaterra; duele que la derrota se sienta tan conocida. Desde hace décadas, México llega al mismo punto con el mismo libreto: competir, resistir, ilusionar y caer.

La localía, prometía empujar la historia, pero esta vez tampoco alcanzó para elevar el techo competitivo. El quinto partido es la maldición que muestra un estancamiento que se repite cada ciclo mundialista.

México juega para no quedar mal, no para imponer miedo. Y cuando el torneo exige precisión, jerarquía y colmillo, la Selección vuelve a descubrir que el entusiasmo no alcanza para romper un techo que se ha reforzado con conformismo, decisiones cómodas y una exigencia negociable. 

La eliminación tampoco puede cargarse sólo a los once que jugaron. Sería cómodo, y por eso mismo insuficiente.Detrás de esta derrota hay una estructura que aprendió a vender esperanza sin garantizar evolución y éxito.

Cada ciclo mundialista trae las mismas promesas, los mismos diagnósticos y la misma paciencia solicitada a una afición que ya pagó demasiadas veces por la misma tortura.

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Guadalupe Bustamante