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Cuatro años y lo que viene…

GUILLE ESPAndares Políticos

Benjamín Torres Uballe

 

 

 

Hablar de los cuatro años que recién cumplió Enrique Peña Nieto en la Presidencia de la República  resultaría repetitivo después de que ya se han analizado hasta la saciedad los hechos más relevantes de su administración. Buenos y malos, aciertos y errores, todos han pasado por el ojo crítico de la sociedad, de adversarios, de algunos medios de comunicación y de la comunidad internacional.

Desde la firma del Pacto por México y la aprobación de las 13 reformas constitucionales hasta llegar a la etapa oscura de la Casa Blanca, la desaparición de los 43 normalistas, la abrupta cancelación del proyecto del tren rápido México-Querétaro, los desbordados niveles de inseguridad en el territorio nacional, el caso Tlatlaya, sumado a una débil y dependiente economía, conforman una gestión muy alejada de las expectativas generadas al inicio del sexenio priista.

La corrupción es un pesado lastre que el mandatario mexicano lleva irremediablemente sobre los  hombros, como cortesía —entre otros—, hasta hace poco, de eminentes gobernadores priistas. Javier Duarte de Ochoa, Roberto Borge Angulo y César Duarte Jáquez encabezan la oprobiosa lista.

Pero eso es historia juzgada y la factura fue cobrada parcialmente por los electores el pasado 5 de junio, costándole al partido del presidente Peña Nieto siete gubernaturas. Nada pasa desapercibido de las acciones gubernamentales y de las que no son precisamente de este orden. La tecnología hace posible exhibir ciertos comportamientos deleznables de no pocos funcionarios.

Realmente la preocupación para el jefe del Ejecutivo es en torno a los próximos dos años que le restan de gobierno. Un conjunto de factores internos y externos establecen un panorama pesimista para el huésped de Los Pinos: Donald Trump, la turbulencia económica, los desbordados niveles de inseguridad que el gobierno peñista no ha podido ya no eliminar, sino siquiera controlar, y la baja aprobación de la sociedad a la tarea presidencial conforman un tobogán para que el PRI sea echado una vez más de la residencia oficial en el 2018. Ésa parece ser la angustia: perder el poder.

El último bienio del sexenio luce como el más complejo para el Presidente. A todas las variables mencionadas deben sumarse las intensas batallas políticas que ya dieron inicio y que arreciarán en el 2017. Los ánimos electorales traerán consigo toda clase de recursos —éticos o no— que estén a la mano de los aspirantes a ocupar el ansiado puesto público. Habrá muchos golpes bajos, filtración de información incómoda de ciertos competidores, en fin, todo lo sucio que se acostumbra.

Uno de los principales desasosiegos para el partido en el poder es la amenaza latente del presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, para deportar a un alto número de mexicanos que radican y trabajan en aquella nación de forma indocumentada. Si el republicano cumple la advertencia se generan dos efectos perniciosos: la disminución del envío de las necesarias remesas y la incapacidad del gobierno para proporcionar un empleo decoroso a los expulsados.

Anteriormente se decía que “presidente que devaluaba, se devaluaba”. Hoy, en las esferas oficiales se evita usar la palabra devaluación; se cambió por la menos costosa, desde el punto de vista  político, depreciación. Sin embargo, la incontrovertible realidad es que cuando el presidente Peña Nieto asumió el poder, en diciembre del 2012, el tipo de cambio del peso frente al dólar era de $12.90; hoy ha rebasado las 21 unidades, según los especialistas, una depreciación de 39%.

En hechos concretos, nuestra moneda vale menos, está devaluada. Esto trae algunos beneficios, es cierto: la posibilidad de mayor turismo internacional, las exportaciones manufactureras se tornan más competitivas, pero también consecuencias perniciosas como aumentos en determinados insumos para la industria, en la adquisición de maquinaria y aumentos en precios al consumidor final, lo que presionaría seriamente la meta inflacionaria del Banxico.

Otro aspecto que incide en el camino inextricable que aún deberá recorrer Peña Nieto en el último tercio de su gobierno es el consabido debilitamiento de poder al final de la gestión presidencial. Así ha sido y lo seguirá siendo, es la versión perenne e inexorable de “Muera el rey, viva el rey”.

Sin duda que, a pesar de los cuestionamientos, el  1 de diciembre del 2012 Enrique Peña Nieto llegó a ocupar la Silla Presidencial y se tuvieron expectativas alentadoras luego del mediocre paso de las huestes panistas por Los Pinos. Había regresado un “nuevo” PRI. Pronto se comprobó lo contrario, lo que en realidad apareció fue el mismo y deleznable dinosaurio tricolor. Los mismos vicios ancestrales reaparecieron, con la corrupción al frente de todos ellos, la descarada protección a pillos correligionarios, impunidad rampante y el mismo México agraviado, con hambre y sed de justicia que describió Luis Donaldo Colosio, un priista que incomodó a muchos.

Nadie en sus cabales desea que a México le vaya mal. Si le va mal a la patria, nos va mal a todos; en especial, y como lo ha sido siempre, a los más vulnerables, a la enorme mayoría. Pero ello no exenta de pedir cuentas al Presidente de la República y a su partido, no importa que vaya en cuenta regresiva. Ya tuvieron cuatro años para reivindicarse… ya sólo les quedan los dos que vienen.

@BTU15

 

 

 

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