domingo , septiembre 24 2017
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León Felipe: La voz del viento

Colaboración de Francisco Fonseca 
León Felipe Camino murió el 18 de septiembre de 1968, cuando nuestro país crecía en el fortalecimiento de la conciencia. Aún me pregunto ¿cómo es que murió si su voz y su palabra las tenemos prendidas en el alma, más vivas que nunca? Pero bien dijeron quienes bien lo conocían: es que pese a su voluntad estaba cumpliendo su destino porque él era un hombre de destino, poeta no de oro ni de plata ni de bronce, sino de barro que es la sustancia más adecuada para hacer el retrato del hombre; “del mismo barro sucio, sufrido y humilde que han pisado en la vida sus pies”.
¿Cómo que murió? si una voz interior, sonora y firme le advirtió que tenía que recorrer mil veces las trágicas horas de su España ensangrentada y mil veces más los caminos polvosos de su América y el rudo paisaje de su altiplanicie mexicana, “donde Dios mismo no sabe qué decir ni qué decidir”, hasta que encontrara la respuesta final a su angustiado reclamo de identidad: ¿quién soy yo? ¿de dónde vengo? ¿qué será de mi conciencia?
León Felipe decía: “Los poetas sabemos muy poco. Somos muy malos estudiantes, no somos inteligentes somos holgazanes, nos gusta mucho dormir y creemos que hay un atajo escondido para llegar al saber y, en vez de meditar como filósofo o de investigar como los sabios, ponemos nuestros grandes problemas en el altar de los oráculos o dejamos que los resuelva aleatoriamente una moneda de diez centavos, y decimos, por ejemplo: puesto que no sé quién soy que lo decida la suerte, ¿cara o cruz?”.
León Felipe, fue un quijote antiguo transportado a nuestro tiempo por el viento, esa fuerza misteriosa de la creación poética. No fue dueño de nada pero fue su casa de siempre el mundo entero. Luís Rius definió el contorno del poeta, puso los límites precisos a sus pasos. “Esa ansia, esa fuerza que impulsa al poeta a cantar no es suya, es de todos los hombres, de todos los pueblos. No es la poesía el ejercicio de un espíritu privilegiado que se construye un mundo propio, maravillosamente rico, para habitarlo lejos de los hombres incapaces de entender sus maravillas. Y es que el poeta no es, en el fondo no lo ha sido nunca, más que un viejo juglar que canta de memoria los versos que más le conmueven, los más elementalmente humanos, sin poder discernir ya cuáles son los propios y cuáles los ajenos, sólo atento a la virginidad de la verdad que entrañan”.
¿Cómo que murió el viejo juglar del roto violín? si todavía falta que remoje la palabra divina, falta que ablande con el vano de su aliento y la humedad de su saliva y de su sangre -como él así lo quería- el polvo seco de los libros sagrados y vuelva a hacer marchar los versículos quietos y paralíticos con el ritmo de su corazón.
No. León Felipe ha cruzado el abismo pero no ha muerto porque suya es la voz más antigua de la tierra, la voz que purifica, la voz del viento.
 

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