Apollo 13 y Artemis II: la historia del «fracaso exitoso»

por José Cárdenas
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Apollo 13 fue la séptima misión tripulada del programa Apolo de la NASA y la tercera destinada a alunizar. Su despegue, el 11 de abril de 1970 a las 14:13 hora local desde el Centro Espacial Kennedy en Florida, parecía el inicio de una misión de rutina. Lo que nadie sabía era que, dos días después, se convertiría en la crisis de supervivencia más dramática de la historia de la exploración espacial.

La tripulación estaba compuesta por tres astronautas de excepción. El comandante, Jim Lovell, de 42 años, era un veterano con tres misiones previas: Gemini 7 (1965), Gemini 12 (1966) y Apollo 8 (1968), la primera en orbitar la Luna. Apollo 13 sería su cuarta y última misión. Fred Haise, de 35 años, piloto del módulo lunar, era ingeniero aeronáutico y ex piloto de caza del Cuerpo de Marines. Jack Swigert, piloto del módulo de mando, había reemplazado a última hora a Ken Mattingly, originalmente designado para el puesto, pero descartado tras haber estado expuesto a la rubéola. Ironía del destino: Mattingly nunca contrajo la enfermedad.

El destino de la misión era Fra Mauro, una región montañosa al sur del ecuador lunar. Los científicos creían que ese terreno conservaba material expulsado por el impacto que formó el Mare Imbrium hace miles de millones de años, lo que habría permitido estudiar los orígenes del sistema solar. Lovell y Haise estaban listos para ser el quinto y sexto humanos en pisar la Luna. Nunca lo lograron.

Durante el despegue ya hubo una primera alerta: el motor central de la segunda etapa del cohete Saturno V se apagó dos minutos antes de lo previsto debido a oscilaciones en la combustión. Los demás motores compensaron el empuje, y la misión continuó. El problema real, sin embargo, tenía raíces más profundas y venía gestándose desde antes del lanzamiento.

El tanque de oxígeno número 2 del módulo de servicio había sufrido daños durante una prueba en tierra en 1969, cuando cayó accidentalmente al ser extraído del vehículo. Aunque parecía intacto, el golpe había dañado el tubo de llenado interno. Al intentar vaciarlo después de esa prueba, los técnicos no pudieron hacerlo y recurrieron a calentarlo eléctricamente para evaporar el oxígeno líquido. El proceso tomó ocho horas y expuso los termostatos a un voltaje de 65 voltios, cuando estaban diseñados para soportar solo 28 voltios. Los termostatos quedaron fundidos. Nadie lo notó.

El 13 de abril de 1970, a las 55 horas, 54 minutos y 53 segundos de vuelo, el Centro de Control ordenó a Swigert activar los ventiladores de remoción de los tanques criogénicos, un procedimiento rutinario llamado cryo-stir. Era la tercera vez que se realizaba durante la misión. Al encenderse el ventilador del tanque número 2, el cableado sin aislante provocó una chispa. Se desató un incendio dentro del tanque. La presión aumentó en segundos. La explosión resultante destruyó el tanque y dañó gravemente el tanque número 1 adyacente.

En la Tierra, los monitores mostraron lecturas absurdas. La primera reacción en el Centro de Control fue que los sensores habían fallado. Fue Swigert quien dio la alerta: «Houston, we’ve had a problem.» Lovell la repitió segundos después. El eufemismo ocultaba la magnitud real de la catástrofe. El módulo de servicio había perdido dos de sus tres células de combustible, que generaban electricidad mediante la reacción del oxígeno con el hidrógeno. Con el oxígeno escapando al vacío, la nave quedó sin energía, sin agua potable y sin capacidad de propulsión principal.

La nave se encontraba a más de 320,000 kilómetros de la Tierra. Con el módulo de mando Odyssey prácticamente muerto, la única opción viable era refugiarse en el módulo lunar Aquarius, diseñado para transportar a dos personas durante un máximo de 45 horas en la superficie lunar. Ahora debía servir como bote salvavidas para tres personas durante casi 90 horas.

Los problemas se acumularon rápidamente. El primero fue el dióxido de carbono. El módulo lunar contaba con filtros de hidróxido de litio de forma circular que se saturaron en menos de 24 horas. Los niveles de CO2 comenzaron a subir peligrosamente hacia los 15 mmHg, nivel al que la tripulación perdería la capacidad de tomar decisiones y podría entrar en coma. El módulo de mando tenía filtros de repuesto, pero eran de forma cuadrada, incompatibles con las entradas redondas del módulo lunar. Los ingenieros en Tierra tuvieron horas para resolver el problema con lo que había a bordo: cartón de las tapas de los manuales de vuelo, bolsas de plástico, un calcetín y cinta adhesiva. El adaptador artesanal funcionó. Fue una de las soluciones de ingeniería más ingeniosas de la historia espacial.

El segundo desafío fue la energía. Las baterías del módulo lunar contaban con apenas 2,181 amperios-hora en total. Para llegar a casa, la tripulación debía apagar casi todo: calefacción, computadoras, sistemas de navegación. La temperatura interior de la nave cayó a cerca de 3 grados Celsius. Los astronautas dormían con ropa de vuelo sobre superficies metálicas heladas. El agua potable fue racionada a menos de 200 mililitros por persona al día. Haise desarrolló una infección renal durante el trayecto.

La solución para el regreso fue aprovechar la gravedad lunar como una honda mediante la maniobra de retorno libre. Los ingenieros calcularon una serie de quemas del motor de descenso del módulo lunar para corregir la trayectoria. La primera quema duró apenas 30.7 segundos a 61 kilómetros de la superficie lunar. La segunda, de 4 minutos y 24 segundos, aceleró el regreso y ajustó el ángulo de reentrada a la atmósfera terrestre con precisión quirúrgica: demasiado plano y la nave rebotaría hacia el espacio; demasiado pronunciado y se incineraría.

Otro desafío crítico fue la reentrada. Normalmente, el módulo lunar se descartaba antes de ingresar a la atmósfera. Pero para conservar energía y oxígeno, la tripulación lo mantuvo acoplado hasta pocas horas antes del amerizaje. Separar el módulo de servicio permitió fotografiar por primera vez los daños reales: un panel entero del costado había sido arrancado por la explosión. La imagen conmocionó a los controladores en Tierra.

Finalmente, el 17 de abril de 1970, a las 18:07:41 UTC, el módulo de mando Odyssey amerizó en el océano Pacífico, a unos 6.5 kilómetros del portaaviones USS Iwo Jima. La misión había durado 5 días, 22 horas, 54 minutos y 41 segundos. Los tres astronautas estaban vivos, aunque exhaustos. Lovell y Haise habían perdido varios kilogramos de peso. Swigert llegó con los pies empapados por el agua de condensación acumulada en las paredes de la nave.

Apollo 13 nunca alunizó. La región de Fra Mauro fue explorada meses después por la misión Apollo 14, en febrero de 1971, que completó los objetivos científicos originales. Pero el legado de Apollo 13 trasciende cualquier alunizaje: demostró que la NASA era capaz de improvisar soluciones bajo presión extrema, y que el trabajo coordinado entre el espacio y la Tierra puede salvar vidas en las condiciones más inhóspitas del universo.

La película de Ron Howard de 1995, protagonizada por Tom Hanks como Lovell, popularizó la historia para nuevas generaciones. La frase «Houston, we’ve had a problem» se transformó en símbolo cultural universal. Apollo 13 sigue siendo estudiada en escuelas de ingeniería, gestión de crisis y liderazgo en todo el mundo como uno de los casos más completos de resolución de problemas bajo presión extrema.

Más de cinco décadas después, la lección de Apollo 13 vive en el corazón del programa espacial más ambicioso de la NASA desde el programa Apolo: Artemis. No es casualidad que el nombre de este programa rinda homenaje mitológico al pasado —Artemisa era la hermana gemela de Apolo en la mitología griega, diosa de la Luna— ni que su primera misión tripulada lleve el nombre clave de «Integrity» (integridad), elegido por la propia tripulación como reflejo del carácter de su vuelo: una misión donde todo debe funcionar perfectamente.

Artemis II —»Integrity»— será la primera misión tripulada del programa, a bordo de la nave Orion impulsada por el Space Launch System (SLS). Su objetivo no es alunizar, sino probar todos los sistemas con astronautas a bordo antes de que Artemis III regrese físicamente a la superficie lunar. Con una duración aproximada de 10 días, la misión rodeará la Luna sin entrar en órbita y regresará a la Tierra, culminando con un amerizaje en el océano Pacífico, en un espejo casi exacto del trayecto de Apollo 13 —sin la emergencia, pero con la misma física como protagonista.

El vínculo más profundo entre ambas misiones es precisamente la trayectoria de retorno libre: la maniobra que en 1970 salvó la vida de Lovell, Swigert y Haise al permitir que la gravedad lunar encaminara la nave de regreso a la Tierra sin depender del motor principal averiado. Esa misma mecánica orbital, lejos de ser un recurso de emergencia, es hoy una red de seguridad estructural integrada por diseño en el plan de vuelo de Artemis II. Si la propulsión fallara en algún punto crítico de la misión, la física haría su trabajo: la gravedad lunar devolvería la nave —como lo hizo hace más de medio siglo. Apollo 13 no solo sobrevivió gracias al retorno libre; también demostró al mundo que ese principio debía ser la base de cualquier misión lunar futura.

Hay una diferencia esencial, sin embargo. En Apollo 13, el retorno libre fue una solución de emergencia alcanzada bajo condiciones extremas, con instrumentos dañados, temperaturas de 3°C y recursos al límite. En Artemis II, esa misma trayectoria estará planificada desde el inicio como parte del protocolo estándar, con la nave Orion equipada con un escudo térmico capaz de soportar temperaturas de reentrada de hasta 2,760°C —una tecnología que en 1970 aún no existía en su forma actual. Lo que Apollo 13 improvisó en el vacío del espacio profundo, Artemis II lo ejecutará con décadas de aprendizaje acumulado.

En ese sentido, Apollo 13 es la lección y Artemis II es la respuesta. Una misión que falló en casi todo y sobrevivió gracias a la física, la ingeniosidad y el trabajo en equipo dejó un manual de operación que la NASA ha tardado más de 50 años en perfeccionar. Cuando la tripulación de «Integrity» rodee la Luna y regrese sana y salva a la Tierra, lo hará también sobre los hombros de Jim Lovell, Jack Swigert y Fred Haise —los tres hombres que en abril de 1970 demostraron que el espacio no perdona los errores, pero sí recompensa la inteligencia.

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