Quedan trece días para que ruede el balón en el partido inaugural mundialista y la ciudad corre contrarreloj. No se arregla. Se disfraza.
El Aeropuerto sigue inconcluso. Calzada de Tlalpan está rota. Las vialidades “ajoloteras” atoran el tránsito. No es preparación. Es simulación. Es maquillaje. Lo que se abandonó por años se intenta tapar en días. El evento mundialista no perdona. La improvisación tampoco.
En la Línea 2 del Metro colgaron lámparas de araña estilo francés. Por arriba candil. Por abajo polvo. El lujo se cuelga del techo.
En el Estadio Azteca los trabajadores siguen afinando accesos a marchas forzadas. La obra se declaró terminada hace dos semanas, pero las labores aún muestran que los trabajos no han concluido del todo.
Este maquillaje no se hace por la ciudad. Se hace para la foto. El turista pisará una postal. Los habitantes enfrentarán después las consecuencias de obras apresuradas y de recursos destinados a la apariencia más que a la calidad del servicio.
La pregunta no es cómo se verá la ciudad cuando ruede el balón. La pregunta es qué ocurrirá cuando las cámaras se apaguen y salgan a flote las obras apresuradas a un alto costo.
La Ciudad de México podrá lucir lista para la fiesta, pero el verdadero balance llegará después, cuando haya que medir si estas intervenciones dejaron algo más que una imagen pasajera.