Mañana, cuando reabra el ahora llamado “Estadio Banorte”, con el amistoso México–Portugal, no estaremos asistiendo a una simple reinauguración: presenciaremos la formalización de un gran negocio.
El antiguo “Estadio Azteca” —donde México se explicó a sí mismo entre goles, mitos y épica— vuelve después de casi dos años de obras y más de 3,500 millones de pesos invertidos. Pero lo que se reinaugura no es un gigantesco espacio remodelado, después de sesenta años, sino la conversión abierta de la historia en mercancía. Aquí no sólo se moderniza un estadio; se reetiqueta una identidad.
El corazón de esta operación no late en la cancha, sino en el contrato. Banorte colocó 2,100 millones de pesos a 12 años y, a cambio, no compró publicidad; compró el nombre, y nombrar es poseer.
El gobierno de la ciudad pavimenta, ordena, limpia, conecta y vigila. Se gasta dinero público para hacer viable el espectáculo privado. y de paso se diluye un símbolo que durante décadas no tuvo dueño porque “El Azteca”, con el nombre de nuestra cultura ancestral, era de todos.
La paradoja alcanza niveles casi cínicos. Durante el Mundial la FIFA borrará la marca Banorte y lo llamará “Estadio Azteca Ciudad de México”. Para el mundo, tradición intacta, para los mexicanos una historia hipotecada.
“El Azteca” no dejará de ser grande, pero sí dejará de ser nuestro.