Borderlands no es solo la memoria diplomática de Ken Salazar: es también la crónica de una cercanía que se volvió desconfianza y de una relación política que terminó en reproche.
Ken Salazar llegó a México en 2021 como el embajador que mejor entendía el lenguaje simbólico de Andrés Manuel López Obrador: la idea de una frontera compartida más que de una línea divisoria. Sin embargo, la relación que empezó con gestos de confianza terminó marcada por silencios, y una ruptura política que el exdiplomático coloca en el centro de su libro.
El punto de quiebre fue la reforma judicial. Salazar advirtió que la elección de jueces podía abrir espacio a los cárteles y rompió, además, con la cortesía diplomática al cuestionar públicamente la estrategia de abrazos, no balazos. López Obrador respondió como solía hacerlo frente a quienes dejaban de ser útiles a su narrativa: cerrando la puerta. Según relata el propio Salazar, AMLO dejó de recibirlo y de tomarle las llamadas.
El pasaje más filoso del libro aparece cuando entra en escena Ismael El Mayo Zambada. Salazar introduce a El Susurrador, un empresario no identificado del círculo cercano al expresidente, quien a finales de agosto de 2024 le habría dicho que López Obrador estaba “muy preocupado” por lo que Zambada pudiera declarar ante la justicia estadounidense. La frase no es una acusación sino una insinuación. Y las insinuaciones, cuando tocan al expresidente más poderoso de la vida pública mexicana reciente, no tardan en encontrar respuesta.
Según la presidenta, la preocupación de López Obrador no era lo que Zambada pudiera decir, sino la posibilidad de que una agencia estadounidense hubiera participado en su captura sin informar a México. Y, de paso, puso a Salazar frente a su propia versión, pues en 2024 sostuvo que ninguna agencia de su país participó en el operativo. Sheinbaum llamó mentiroso a Salazar,
Ahí está el valor político de Borderlands. Salazar quiere contar la historia de una frontera común y de una integración necesaria, pero termina exhibiendo otra cosa: la fragilidad de la confianza entre dos gobiernos que aprendieron a hablarse en clave de reproche. El libro no cierra un expediente; abre una disputa. Y en esa disputa, los susurros pesan casi tanto como las pruebas.