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La crisis por el aceite de palma

Pizza, barritas de chocolate, detergente… el aceite de palma está presente en infinidad de productos. Los críticos denuncian que la obtención de esta sustancia es letal para el medio ambiente, pero ¿es cierto?

En las numerosas islas de Indonesa hay plantaciones de palma por todas partes. Junto con la vecina Malasia, el país del sudeste asiático es responsable de más del 80 por ciento de la producción mundial de aceite de palma.

La mayor parte se exporta y casi uno de cada dos productos que se venden en los supermercados europeos contienen ese ingrediente, desde la margarina hasta los labiales. La ministra francesa de Medio Ambiente, Ségolène Royal, afirmó recientemente que habría que dejar de comer Nutella, pues la famosa crema de cacao contiene aceite de palma para cuyo cultivo se deforestan selvas.

Royal se disculpó poco después por la polémica generada por sus palabras. Y es que no todo el aceite de palma es igual. El fabricante de Nutella, Ferrero, asegura que hace tiempo se comprometió a utilizar sólo aceite de palma sostenible, para cuyas plantaciones no se deforestan selvas.

Al igual que Ferrero, hay otras empresas alimenticias -como la alemana Dr. Oetker- que optan por el sello de calidad que garantiza la minimización del daño medioambiental.

Desde 2008 existe aceite de palma certificado. La organización RSPO (Roundtable on Sustainable Palm Oil), formada por cultivadores, comerciantes, productores, bancos y organizaciones no gubernamentales, es la encargada de conceder el sello, que ya engloba un 20 por ciento de la producción mundial. Algunos integrantes de RSPO están desarrollando actualmente criterios aún más estrictos, como la brasileña Agropalma, la colombiana Daabon Organic y la británica New Britain Palm Oil Limited.

Sin embargo la RSPO no es un sello de calidad, señala la organización medioambiental WWF. Se trata más bien de un compromiso voluntario para mejorar más allá de lo que exige la ley la protección medioambiental y de los derechos humanos en las plantaciones. O lo que es lo mismo: utilizar menos pesticidas, mejor gestión del agua y de los deshechos y asistencia para los trabajadores. Además, el sello sólo se concede a las plantaciones en las que no se hayan destruido selvas desde 2005.

Aun así, el 80 por ciento del aceite de palma no está certificado y la deforestación continúa. Ningún otro factor contribuyó tanto en el pasado a la destrucción de selvas en Indonesia como este aceite, afirmó el activista local de Greenpeace Bustar Maitar. “La mayor parte de los productores de la industria de la celulosa y el aceite de palma se comprometieron a frenar la deforestación, pero no lo están cumpliendo”, agregó.

En tanto, Indonesia pierde cada año más selvas tropicales vírgenes que Brasil, según un estudio de la revista “Nature Climate Change”. Entre 2000 y 2012 se deforestaron más de seis millones de hectáreas, equivalentes a la extensión de Croacia. En el mismo periodo Malasia perdió el 14.4 por ciento de su superficie selvática. Y eso supone más emisiones de dióxido de carbono, la pérdida de la diversidad de especies y, a menudo, la expulsión de poblaciones locales.

Pero el aceite de palma también genera ingresos para 200,000 pequeños agricultroes, apunta el Consejo Malasio de Aceite de Palma, que agrupa a los cultivadores. Para muchos, la plantación de palmas supone una vía de escape de la pobreza. Y además, el aceite de palma es el aceite vegetal más productivo, pues para la extracción de otro tipo de aceites serían necesarias superficies mayores en otros lugares.

“Boicotear el aceite de palma no solucionará el problema”, apunta la portavoz de WWF Ilka Petersen. Los sustitutos no son mejores: para obtener aceite de coco habría que establecer plantaciones en Filipinas e Indonesia, para la soja en Latinoamérica y cada litro de aceite girasol y de colza precisa extensiones mucho mayores. “Es ir de mal en peor”.

Fuente: National Geographic

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