José Cárdenas

Felipe VI cruzó el umbral de Palacio Nacional. El gesto pesa. López Obrador puso la relación en pausa y exigió a España pedir perdón por la Conquista.

Sheinbaum heredó el reclamo y lo administra. Hoy se modera. La presencia del Rey responde a esa apertura. España no se arrodilla, pero tampoco se ausenta.

México baja el tono sin renunciar a la demanda. Cinco siglos después, dos Estados negocian la memoria. El encuentro es diplomacia. También es mensaje. 

La exigencia tiene fundamento. Hubo despojo, muerte e imposición. España carga con esa herencia y debe nombrarla. Pero convertir la historia en expediente de acusación única es una forma cómoda de memoria.

La presencia española también dejó lengua, universidad, imprenta e instituciones, junto con una imposición colonial profunda y un mestizaje nacido entre violencia, adaptación y permanencia.

La evangelización y el nuevo orden político transformaron prácticas religiosas, incluido el sacrificio humano, aunque reducir ese proceso a una gesta civilizatoria sería tan pobre como negarlo por completo.

Los frailes misioneros defendieron la condición de los indígenas y afirmaron su humanidad cuando otros la negaban. Eso también forma parte del expediente.  

Sheinbaum exige a España un balance que México también debe hacerse. Reclama memoria, pero una memoria administrada desde el poder se vuelve consigna.

La honestidad histórica no se reparte por conveniencia política. Si el debate pretende ser serio, debe nombrar heridas y herencias, violencia y vínculos, deuda y continuidad.

El Rey ya dio el paso al venir. Falta que México deje de convertir el pasado en coartada y asumir que la memoria compartida no se construye con reclamos, sino con la verdad completa. 

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