La acusación de Claudia Sheinbaum contra Estados Unidos por el caso de Raúl Castro abre otro frente. Cuestiona el sentido de procesar un hecho ocurrido hace 30 años. Coloca el foco en el tiempo, no en el delito.
El Departamento de Justicia no discute historia. Presenta cargos por asesinato y conspiración. Dos visiones. Una minimiza el pasado. La otra lo reactiva. No es un debate legal. Es un mensaje político.
Sheinbaum toma posición. Se alinea con Cuba. En un momento de presión con Washington por seguridad y narcotráfico. No es coincidencia. Es continuidad. La línea viene del catecismo dictado por López Obrador. La presidenta lo recita en voz alta: defensa de soberanía y rechazo a acciones injerencistas de Estados Unidos fuera de su territorio. Pero el contexto pesa. Estados Unidos exige acción contra cárteles. México responde con discursos. Y ahora suma un choque por Cuba. Se acumulan frentes. Se reducen márgenes.
El cálculo tiene costo. México necesita cooperación en seguridad. Estados Unidos eleva exigencias. Y la respuesta es respaldar a un acusado por la justicia de ese país. No es neutralidad. Es definición. En política exterior no hay gestos aislados. Todo suma. Todo cuenta. México eligió a quién apoyar, sin importar el costo. La ideología pesa más que la diplomacia.