Cuba acorralada

por Guadalupe Bustamante
0 comentarios
José Cárdenas

La imputación contra Raúl Castro no es un expediente judicial cualquiera. Es un mensaje político. Washington desempolva un caso de 1996 para acusar de asesinato y conspiración al exmandatario cubano y a cinco militares por el derribo de una avioneta de la organización anticastrista “Hermanos al Rescate”, donde murieron ciudadanos estadounidenses.  

El momento importa. La acusación aparece en plena escalada entre Washington y La Habana, con un endurecimiento del discurso republicano y con Marco Rubio colocando otra vez a Cuba en el centro de la confrontación hemisférica. No se juzga sólo un hecho del pasado; se redefine el tono de la relación bilateral. 

La consecuencia inmediata será el cierre de cualquier margen de distensión. Cuba responderá con el argumento histórico de la soberanía y denunciará una operación política de Estados Unidos. Washington insistirá en que no persigue al pueblo cubano sino a la cúpula militar que sostiene al régimen. Ahí entra el mensaje de Rubio: deslindar el embargo económico de la crisis humanitaria y trasladar toda la responsabilidad al aparato castrista. Pero el efecto práctico será otro. Más sanciones. Más aislamiento. Más presión financiera. Y una Habana obligada a endurecer el control interno mientras enfrenta apagones, migración masiva y deterioro económico. 

La acusación contra un exgobernante de 94 años no apunta a una captura real. Apunta al símbolo. Estados Unidos quiere colocar al castrismo en la categoría de estructura criminal perseguible fuera del tiempo político. El problema es que esa estrategia también empuja a Cuba hacia posiciones más cerradas y reduce cualquier espacio de negociación futura. Washington sube el volumen. La Habana cierra filas y los comandantes de la Sierra Maestra llegan al final de sus días como acusados, no como héroes. 

Compartir:

También te puede gustar

Dejar un comentario