El Cristalazo

¿De dónde son los cantantes?

Publicado por
Héctor García

Quizá no sea sino pura ociosidad, pero uno a veces quisiera saber de dónde provienen las ideas, las muy personales ideas, de nuestro presidente. Sobre todo, ese acendrado espíritu de arduo cumplimiento por la soberanía, la autosuficiencia, la egolatría patriótica, el fervor de un país donde nacieron, al mismo tiempo, Narciso y el espejo.

Como México no hay dos. Y cuando pierdo arrebato, etc, etc.

El nacionalismo es el machismo de la patria, diría Sánchez de Armas, filósofo y filólogo sin par.

Obviamente el camino del simplista populismo de la exaltación moral de la pobreza y el selvático par único de zapatos, son una vieja canción entonada por todos los políticos habidos y por venir. Los pobres han sido siempre la materia prima del discurso político, ya sea para burlarse de ellos en las pastelerías de María Antonieta o para dignificarlos en el imaginario reino de los cielos en el complaciente sermón de la montaña.

Pero hay otros rasgos delirantes, a mi modo de ver. Y guardan relación con el racismo.

Obviamente la supremacía blanca fue el germen del esclavismo y el sometimiento de las naciones africanas desde los tiempos de Enrique el Navegante. Pero hay otro racismo. Lo llamaríamos para fines de separación, el “contrarracismo”, cuya base ética es igualmente discriminatoria.

Cuando el presidente elogia desmesuradamente esa entidad invisible llamada el pueblo y le atribuye a sus adversarios como principal defecto, no entenderlo ni atenderlo ni amarlo por sobre todas ,las cosas,incurre en un  “contrarracismo”.

 Se parece a Vasconcelos cuando éste decía en su infumable “Raza cósmica” (cómica):

“… Es cosa de tiempo para que se reconozca la superioridad de las razas mestizas sobre las puras (Rafael Lemus, Nexos) así como (en uno de esos saltos propios del genio de Vasconcelos) la del clima caluroso sobre el frío.

“Cuando eso ocurra, la “Humanidad entera” se mudará al trópico, entre Brasil y Argentina, cerca del Amazonas.

“Allí se fundará la nueva capital del mundo, Universópolis, “y de allí saldrán las predicaciones, las escuadras y los aviones de propaganda de buenas nuevas”.

“Allí “la arquitectura abandonará la ojiva, la bóveda y, en general, la techumbre [y] se desarrollará otra vez la pirámide”.

“Allí “la pobreza, la educación defectuosa, la escasez de tipos bellos, […] desaparecerán” y “las estirpes más feas irán cediendo el paso a las más hermosas”.

Ante esto no queda sino decir, no mame, Don José.

Pero otros han celebrado cosas similares, como Rodó, por ejemplo, en su “Ariel”. Muchas influencias ejercieron estos autores en su tiempo. Hoy son de carcajada,

“…Toda igualdad de condiciones es en el orden de las sociedades, como toda homogeneidad en el de la Naturaleza, un equilibrio inestable. Desde el momento en que haya realizado la democracia su obra de negación, con el allanamiento de las superioridades injustas, la igualdad conquistada no puede significar para ella sino un punto de partida. Resta la afirmación. Y lo afirmativo de la democracia y su gloria consistirán en suscitar, por eficaces estímulos, en su seno, la revelación y el dominio de las verdaderas superioridades humanas.

“Con relación a las condiciones de la vida de América, adquiere esta necesidad de precisar el verdadero concepto de nuestro régimen social, un doble imperio…. Se imita a aquel en cuya superioridad o cuyo prestigio se cree.

“Es así como la visión de una América «deslatinizada» por propia voluntad, sin la extorsión de la conquista, y regenerada luego a imagen y semejanza del arquetipo del Norte, flota ya sobre los sueños de muchos sinceros interesados por nuestro porvenir… Tenemos nuestra nordomanía. Es necesario oponerle los límites que la razón y el sentimiento señalan…”

Junto a todo esto, la frase: “el patriotismo no se negocia, son principios irrenunciables, ni en el petróleo ni en la industria eléctrica, nada que tenga que ver con ceder nuestra soberanía», resulta reveladora, sobre todo cuando la soberanía no está bajo negociación.

Rafael Cardona

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Héctor García