Sábado , Mayo 27 2017
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El patrimonialismo nacional

Colaboración de Carlos Ferreyra 

Sucedió hace muchos años, después de que abandoné Unomásuno cuando el director general, Manuel Becerra Acosta apoyado en Carlos Payán, Carmen Lira y varios tontitos útiles más, decidió privatizar la cooperativa y repartir el hueso entre sus fieles seguidores, los que posteriormente lo abandonaron cuando vieron que el botín no era suficiente para todos.

Es historia, así que no se disgusten. Está escrito, está en los hechos y está en la posterior diáspora y creación de La Jornada, lugar en el que aseguran noticias recientes, se está repitiendo la historia. La eterna historia circular de esta nación.

No acostumbro voltear hacia atrás. Cuando salgo de un empleo y vaya que han sido muchos, conservo los afectos, los buenos recuerdos y me abstengo de visitar el lugar. No soy afecto a las nostalgias pero, insisto, sí a los afectos y los buenos recuerdos.

Con mi salida coincidió una invitación para organizar una oficina de Prensa en el naciente gobierno de Hidalgo del arquitecto Guillermo Rossel de la Lama (Rossel el de la lana, decían sus detractores).

Duré la víspera y la fecha. Mi condición única era no tener trato con el mandatario. Se aceptó, pero transcurridos tres o cuatro días, fui llamado a la oficina del tal señor, donde me presentó como su jefe de difusión (que no era lo que habíamos acordado) y me dejó en plática con empresarios textileros que pedían una visita del gobernador, coincidente con la que les haría el líder cetemista Fidel Velázquez Sánchez.

Para no complicarme la vida hice un plan de información enfocado a los diarios de la ciudad de México, pidiendo que los locales enviaran reportero. Llegó el día, nos fuimos al pueblo donde están las fábricas de camisetas y calzones en la orilla de la autopista. Y empezamos la sesión de trabajo.

Todo se desarrollaba bien, habló Fidel, se retiró, habló un fabricante de apellido Zaga, marca de sus calzones, camisetas y camisas; pidió que se les exhonerara del pago de casetas y agradeció a Rossel su presencia destacando la importante, para los empresarios, visita de Fidel Velázquez.

Con voz en sordina, de furia mal contenida, el gobernador increpó a los hospederos: “Gracias por invitarme a mi estado… al estado que me dio el señor presidente… el estado de yo administro y donde yo decido…”

Fue horrible. Por una de esas casualidades de la vida, en mi camioneta había colocado todo mi equipaje. Creo que iba a cambiar de alojamiento pero antes de que terminara su majadero discurso el mandatario al que “le dieron” el estado de Hidalgo, agarré mi patitas y me fui a mi casa en Coyoacán. Ni siquiera hice el intento de despedirme y mucho menos de cobrar.

Descansaba, cuando a eso de las diez de la noche me llamaron desesperados de la oficina del gobernador. Me pedían que les dijera qué había hecho para difundir la importantísima actividad “del señor”, la respuesta fue nada. Y nada voy a hacer porque ofende el discurso del tlatoani que afirma que el presidente le regaló el estado con todos sus macehuales.

Hubo explicaciones que no acepté. No fue la primera ocasión, pero allí pude observar el concepto patrimonial de los funcionarios políticos y aún de muchos administrativos que creen que con el nombramiento les entregan la propiedad de los insumos y hasta los muebles e inmuebles del cargo.

Célebre fue la desaparición de la araña principal, el fabuloso candil de cristal cortado de la oficina de la Gran Comisión del Senado. Fue antes de que se hicieran presentes don Antonio Riva Palacio y su antecesor, Miguel González Avelar, del que dicen que mandó a hacer una copia en El Candil Francés de la ciudad de México. Dicen…

Se platicaba como chiste, pero tenía y tiene mucho de verdad. Al cambio de mandos en las oficinas de gobierno, se recomendaba arramblar con vehículos, máquinas de escribir, copiadoras, ventiladores y otros aparatos de fácil transportación. Se los llevaban a su casa y con tierna franqueza decían: vamos a llevárnoslos porque los que vienen son muy ladrones y se los van a robar.

Cuando don Miguel López Azuara se hizo cargo de la Agencia Notimex, se llevó la sorpresa de su vida cuando se apoyó en una cámara de televisión, por entonces unos monstruos que requerían de un tameme para que moviera el aparato, lo arrastrara, lo empujara mientras el camarógrafo cuidaba los enfoques.

Don Miguel estuvo a punto de dar con sus huesos (bueno, con sus llantitas) en el suelo. Eran nada más las cáscaras, se habían robado los aparatos. Una de sus primeras instrucciones fue la recuperación de equipos, monitores, las propias cámaras, que me obligó a visitar la oficina de una persona allegada a Pedro Ferriz, donde tenían una bodeguita con las propiedades de la agencia.

La institución no era del Estado sino sociedad anónima, por lo que fue imposible echarle mano a los saqueadores. Pero recuperamos hasta una unidad móvil aunque otra, espectacular, se perdió para siempre. Y si se hubiesen puesto denuncias, lo más probable es que las hubiesen desechado bajo el principio del mencionado patrimonialismo. Todo para el vencedor…

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