La Secretaría de Relaciones Exteriores pretendió enterrar cinco años las comunicaciones entre México y Estados Unidos sobre Rubén Rocha Moya y Enrique Inzunza, dos nombres que huelen a azufre… y a Sinaloa. No era una reserva menor sino el tramo del expediente donde podía leerse qué pidió Washington, cuándo y hasta dónde quiso mirar el gobierno mexicano.
Hoy la Cancillería recula con calculadora en mano. Promete transparentar lo relativo a las peticiones de detención con fines de extradición, pero en el mismo movimiento mantiene cerradas las notas diplomáticas. El viraje no nació de un principio, sino de una nota publicada en el diario REFORMA que destapó la reserva … y la Cancillería corrió a corregir la escena.
El propio comunicado se pone el dedo en la llaga: «por instrucciones de la presidenta». No rectificó la Secretaría; la corrigieron desde arriba. Ayer esa misma oficina juraba que abrir los papeles heriría la confianza entre las dos naciones. Hoy la confianza amaneció intacta y la reserva se evaporó de un plumazo. Nada cambió en el expediente. Cambió que el país ya había visto la maniobra.
Esto no es voluntad de transparencia: es control de daños. Lo que ahora blindan es precisamente lo que quema: el fondo, la letra que acusa. Enseñan el trámite y sepultan la sustancia. La petición de extradición es el sobre; la nota diplomática es la carta. Entregan el sobre vacío… y a eso lo llaman rendición de cuentas.
Mientras tanto, Rocha Moya conserva la licencia, Inzunza conserva el escaño en el Senado y el poder estrena manual de tres pasos: reservar, aguantar el golpe, ceder lo mínimo para la foto y guardar lo demás bajo siete llaves. Cinismo descarado. La duda de ayer no se movió un milímetro; hoy pesa más, porque ya sabemos que la esconden a propósito.
–¿Y quién duerme tranquilo mientras la carta siga sellada?
