México repite que está listo, pero los hechos desnudan lo contrario. A solo siete días del arranque del Mundial, continúan las tensiones con la CNTE, sigue latente la posibilidad de bloqueos y persisten fallas visibles en infraestructura y operación urbana que no hablan de preparación, sino de negligencia, retraso y una alarmante incapacidad para anticipar lo evidente.
Un evento del tamaño del Mundial no se sostiene con propaganda de última hora ni con declaraciones vacías, sino con planeación seria, autoridad operativa y capacidad de ejecución. Lo que hoy exhibe la ciudad es exactamente lo contrario: movilidad colapsable, accesos vulnerables ante cualquier presión y una imagen pública que amenaza con convertir una vitrina internacional en una demostración de improvisación, desorden y pérdida de control.
A esto se suman disputas internas por la operación y por los espacios de mayor rentabilidad, una señal inequívoca de que, incluso en la recta final, las prioridades siguen atrapadas entre intereses y desorden. Ya no se trata solo de una mala imagen: se trata del riesgo real de que México se exhiba ante el mundo como una sede rebasada, mal coordinada y sin la capacidad mínima para resolver, con seriedad y a tiempo, lo que debió quedar resuelto hace meses.
