En el apartado de ficción en español, los nombres son los habituales. No falta Arturo Pérez Reverte, con un libro al año, ni María Dueñas, con Si un día volvemos, Otro de los sospechosos habituales es Santiago Posteguillo, el nombre más sólido quizás de la novela histórica, y el regreso a las librerías de Isabel Allende con Mi nombre es Emilia del Valle. También Javier Cercas, con El loco de dios en el fin del mundo, quizás uno de los títulos que más expectación ha generado incluso antes de su lanzamiento. Pero siempre hay espacio para algunas anomalías.
La mayor del año, en la senda ya de otras como El infinito en un junco, es obviamente La península de las casas vacías de David Uclés. Una anomalía, en especial, porque el fenómeno no se ha forjado con un nombre conocido ni una gran campaña de marketing, sino con un crecimiento lento y, especialmente, a partir del boca a boca. Todavía lejano en cifras, pero no por ello desdeñable, es Comerás flores, de Lucía Solla Sobral, otro de esos libros que ha ganado lectores de forma orgánica.
Si nos salimos de la ficción, la cosa se complica, o al menos se diversifica. El apartado de “crecimiento personal” abunda, así como las memorias de personajes famosos, con varios libros clave este año, y fenómenos que rayan en lo peligroso. Pero también aquí hay algunas felices sorpresas, como el tirón en ventas de los libros de Byung-Chul Han tras el premio Princesa de Asturias, o una anomalía persistente: El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, sigue presente año tras año entre los más vendidos.
Una imagen, salvo excepciones, dentro de lo previsible, en un año en el que el sector del libro no ha deparado grandes sorpresas. Las editoriales se apoyan en los valores seguros, los grandes nombres y los géneros de éxito. Para 2026, si se nos permite, pediremos un deseo: algo más de novedad y sorpresa.
