Cada ciclo escolar en México muestra un contraste: mochilas nuevas y entusiasmo, pero también fallas estructurales que frenan el desarrollo educativo. Uno de los rezagos más graves es el bajo dominio del inglés, especialmente en niveles técnicos y universitarios, clave para la empleabilidad y la competitividad.
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Aunque el inglés es obligatorio desde 2009 en educación básica, el 79 % de los estudiantes no lo domina, y solo el 12 % de la población puede comunicarse eficazmente. En el ranking global de EF EPI, México ocupa el puesto 87 de 116 países, uno de los peores en América Latina.
Las causas: métodos tradicionales, falta de continuidad, docentes mal capacitados y recortes presupuestales. Esto contrasta con las exigencias del mercado actual, donde el inglés es fundamental en carreras como tecnología, salud, negocios o comercio exterior.
Expertos, como los de Platzi, destacan que no hay formación profesional competitiva sin inglés funcional. Urge un enfoque práctico: enseñanza contextual, herramientas digitales activas y evaluación con tareas reales.
El inglés debe dejar de verse como una materia y convertirse en una herramienta transversal, accesible a través de pódcast, apps y plataformas como Platzi, que permite aprender en rutinas cortas y flexibles. Estudiar 15 minutos al día puede ser más efectivo que años de clases pasivas.
Para miles de jóvenes, aprender inglés puede ser la diferencia entre un empleo precario y oportunidades globales. No se trata solo de obtener trabajo, sino de poder elegirlo. Es una inversión en movilidad social.
En este regreso a clases, hablar inglés ya no es opcional, es parte de la infraestructura básica del conocimiento. Una universidad que no forme profesionales capaces de operar en inglés es una institución que limita el futuro de sus egresados.
