La contradicción es el centro de la historia para México en este Mundial: tendrá pocos partidos, pero vivirá el torneo como si fuera suyo por entero.
Aun con fama de ser el mejor anfitrión, México recibirá apenas 13 de los 104 partidos. Estados Unidos se queda con 78. Canadá, con otros 13.
Sin embargo, nuestro país abraza el Mundial como propio; como si fuera total. Es el único país presente en una Copa del Mundo por tercera vez —por cuarta, si contamos el Mundial Femenil de 1971—. Aquí el fútbol no es un evento: es memoria, ritual e identidad; una religión. La cifra de partidos es pequeña, sí, pero la expectación es enorme.
Sin embargo, la fiesta mexicana no será para todos. Miles de aficionados quedarán fuera del espectáculo; los boletos son los más caros de la historia.
La mayoría de fanáticos futboleros habrá de conformarse con disfrutar el evento por televisión, entre goles, alaridos de locutores, repeticiones y un rosario de anuncios en pantalla.
En fin, México sabe que esta Copa Mundial no es del todo suya. Sabe que la juega desde los márgenes. Los partidos importantes serán al norte, donde a los mexicanos se les persigue y se les detiene. Vaya paradoja.