El Cristalazo

Una pena extraordinaria

Publicado por
Héctor García

Aquí me pongo a cantar

al compás de la vigüela,

que el hombre que lo desvela

una pena estrordinaria,

como la ave solitaria

con el cantar se consuela.

Pido a los santos del cielo

que ayuden mi pensamiento:

les pido en este momento

que voy a cantar mi historia

me refresquen la memoria

y aclaren mi entendimiento.

Vengan santos milagrosos,

vengan todos en mi ayuda,

que la lengua se me añuda

y se me turba la vista;

pido a mi Dios que me asista

en una ocasión tan ruda.

Yo he visto muchos cantores

Pues sí, he querido iniciar estas líneas, dolida en el nombre de la patria ofendida, de la tradición inicua, del alma desgarrada, porque en verdad es una  pena extraordinaria y no hay cantar a su consuelo, pues es ocasión tan ruda y se nubla el pensamiento, se aturde el entendimiento, porque para qué nos sirve entonces traer un argentino (otro) a dirigir nuestro equipo nacional, esa oncena de eternos matalotes cuya vocación es perder y perder como aquel de la canción cuyo destino era llorar y llorar y mire usted, no importa tanto si perdemos un juego de futbol o dos o tres, lo notable es el destino, ¿por qué no servimos para nada?, ni para organizar la asamblea de la Alianza del Pacífico, quizá porque somos en el fondo y en la superficie clasistas y racistas; machistas, falocráticos, corruptos, patriarcales; eso debe ser, estas son las consecuencias del neoliberalismo capitalista con su interminable dosis de arrogancia individualista, ese es el fruto maldito del aleve sentimiento aspiracioinista, porque si tuviéramos una noción igualitaria, comunitaria, como la de nuestros pueblos originarios, no nos pasarían estas cosas, si fuéramos humildes como los platenses, carismáticos y sencillitos,  y no anduviéramos queriendo hallar en otras latitudes la sabiduría de los indígenas mesoamericanos, si comiéramos más maíz y bebiéramos pulquito en lugar de vino de uvas fermentadas; si reforzáramos nuestra dieta de acociles y chipilín en lugar de carne criminal de vacas asesinadas si le diéramos oportunidad al glifosato y a los alimentos mejorados y transgénicos,  si tuviéramos escuelas con maestros de deporte, bueno, aunque fuera con maestros de algo, si tuviéramos un presidente como Fernández, tan simpático y con tan esplendorosa sonrisa con dentadura de cuerpo entero, quizá las cosas nos irían mejor y no andaríamos con la vihuela plañidera de la pena extraordinaria cuyo cantar solitario ni  siquiera se consuela, nos consuela, por eso, por mentecatos, por cretinos, por defender al INE, por creer en las mentiras constantes de la prensa vendida, por no jugar al beisbol siquiera como Vinicio Castilla o el joven Urías, por no hablar del gran Toro Valenzuela, eso sí está bien, pero en todo nos sucede lo mismo, tenemos buenos jugadores pero pésimos equipos, y andamos como ratones verdes husmeando la quesería mundial a ver si le damos una mordidita a la gloria, y anda vete, nos ponen unas madrizas celestiales y nos mandan a la casa de regreso con las maletas vacías de medallas, pero llenas de disculpas y –la más mexicana de las mercancías–, la esperanza y ahora si mi buen, para la otra, a la siguiente nos desquitamos y seremos campeones tarde o temprano, o mejor tarde porque temprano ya ni madres compañero, vamos viendo cómo se nos queda el Checo a un tantito del segundo lugar, porque ser sub campeones nos habría llegado de alegría en el sub desarrollo nacional, donde no entendemos siete campeonatos en el automóvil como si fuéramos alemanes o ingleses, esos son imperialistas,  expoliadores, y todo lo demás, pero eso sí, hoy en el Ángel nos desquitamos, porque ahí nos vamos en encontrar con nuestro líder y ahí la pena extraordinaria se va a disipar y todo será alegría y dicha y marimba y batucada y canción, pero eso sí, queda prohibido acerarse a un bandoneón cuya fuelle insinúe nuestra definición musical…  “ahora, cuesta abajo en mi rodada, las ilusiones pasadas…”

Rafael Cardona

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Héctor García