¿Cómo es en realidad la vida en los juegos olímpicos de invierno?

Publicado por
Aletia Molina

En las montañas de Pyeongchang, el sol se refleja en la nieve inmaculada, aunque el viento frío corta la piel al arremolinarse. La gente hunde la cabeza entre los hombros, como si fueran tortugas asustadas; los ojos de los espectadores son lo único que se ve mientras protegen el rostro bajo sus abultadas chamarras. Es un clima apto para los pingüinos, los osos polares… y los aficionados a los deportes de invierno. Los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyeongchang han sido los más fríos en más de dos décadas. Es raro el día en el que la temperatura pasa de cero.

En la semana inaugural, la temperatura cayó a -25 °C. ¿Qué tan frío es eso? Los ojos te lloran, las manos se ponen azules rápidamente si no traes guantes, la ropa húmeda se endurece como roca en el balcón. Las plumas dejan de pintar, los cables se rompen y la batería de los smartphones se agota en cuestión de minutos. Pronto empiezas a sentir empatía por los chícharos congelados.

Los gélidos vientos de febrero han causado que los eventos se reprogramen, pero los elementos no han disuadido a los aficionados. Te puedes divertir viendo algún deporte aun en días invernales tan fríos como estos.

Es de mañana en el Parque Invernal del Fénix, sede del snowboarding y del esquí estilo libre. Un hombre disfrazado de tigre toma cerveza. No es el único. La cerveza corre a raudales en la fiesta más divertida del pueblo.

Hay una mujer vestida con leggings con barras y estrellas; otros llevan monos estampados con la bandera estadounidense. Los australianos y los suecos visten los colores de su país mientras que por todas partes ondean banderas japonesas, noruegas y surcoreanas. La multitud exclama al unísono con cada acrobacia y se estremece con cada caída. Dicen «masivo», «genial» y «asombroso» para celebrar alguna actuación. Si la rutina no fue tan buena, es una «lástima».

«El sol brilla, la gente está contenta, no se puede pedir más», dice Angela Wilson, originaria de Chicago, Estados Unidos, sobre su primera experiencia en los Juegos Olímpicos de Invierno.

Llegar aquí no es barato ni fácil. La estadounidense de 28 años dijo que el viaje le costará más de 2,000 dólares (unos 40,000 pesos) y, al igual que muchos aficionados, se está hospedando en Seúl.

Antes de las Olimpiadas se esperaba que el tren hacia las sedes transportara a más de 20,000 pasajeros al día y que el «tren bala» de 3,700 millones de dólares redujera el viaje de tres horas desde la capital a las montañas a poco más de una hora.

Ya sea en tren, avión o auto, miles de personas de todo el mundo convergen en este rincón del noroeste de Corea del Sur.

Acostado en la nieve, como si estuviera en una tumbona, está Jasmeet Singh Chandok, de Mumbai. Vino a los Juegos Olímpicos en avión con sus amigos, en clase ejecutiva, para experimentar por unos días la atmósfera de un gran espectáculo deportivo.

«Nada más queríamos ver cómo era», explicó el empresario. «En India no hay transmisiones. Tenemos 200 canales, pero no pasan las Olimpiadas de Invierno».

Los cencerros, la música a todo volumen y las payasadas no son adecuados en todas las sedes olímpicas. En algunos eventos, hay que seguir el protocolo.

De los pantalones holgados, las prendas de moda y los pañuelos del parque invernal pasamos al mundo más mesurado del curling, algo parecido a bolos sobre hielo. Aquí rara vez verás espectadores llevando charolas con cervezas. Si en las montañas hay una fiesta alocada, cerca de la costa parece que los aficionados del curling están disfrutando de una cena entre amigos. Se permite entablar conversaciones, desde luego, pero hacer demasiado alboroto sería como comer el plato principal con los codos sobre la mesa.

En el patinaje artístico, el silencio desciende sobre la pista antes de cada actuación; se puede sentir la tensión y, como en el tenis, no está bien visto que te levantes de tu asiento durante una actuación.

Si quieres demostrar tu aprecio por las maravillas de la danza sobre hielo, puedes arrojar flores o muñecos de peluche a la pista como lo haría el público en la Ópera Real de Covent Garden… pero una vez que la música haya terminado, claro está.

En el patinaje de velocidad también hay reglas que seguir. En los pasillos del Óvalo de Gangneung hay letreros que dicen: «¡Silencio, por favor!», «Fotos sin flash, por favor», «Favor de no silbar», «¡Disfruten la competencia!», «¡Respétense!». Sin embargo, etiqueta no significa monotonía, no mientras los holandeses pintan la pista con destellos anaranjados y una banda de metales toca en medio del hielo entre sesiones.

A los holandeses les gusta el patinaje de velocidad. Mucho. Y no es sorpresa. Hace cuatro años, en Sochi, Holanda ganó 23 medallas, entre ellas ocho de las 12 de oro disponibles. Hasta ahora, en Pyeongchang, el equipo se ha llevado seis de las siete medallas de oro que se ofrecen.

Jacob De Groot, periodista del diario holandés De Telegraaf, explica que el patinaje de velocidad es parte de la historia de su país. «Si miras las pinturas antiguas de los maestros holandeses, ves que hay gente patinando. Cuando los inviernos todavía eran como tenían que ser, era parte de la temporada», cuenta a CNN Sport.

Cada deporte de invierno es querido para un país en particular, ya sea por razones culturales o por su éxito continuo. Por eso, hordas de alemanes ven el luge, mientras que las banderas británicas ondean con entusiasmo en el skeleton y los coreanos asisten por montones a los eventos de patinaje en pista corta, aunque dejan el esquí alpino para los austriacos y los noruegos.

No obstante, ningún grupo ha llamado tanto la atención como las porristas norcoreanas. Rodeadas de elementos de seguridad a donde quiera que vayan, son una tropa exclusivamente femenina de 230 jóvenes que han fascinado tanto a los aficionados como a los periodistas. Van de uniforme, así que son fáciles de detectar —y de oír—, además de que han seguido fielmente por todas partes a los atletas norcoreanos. Cantan, gritan, bailan y ondean banderas.

Hay quien espera que la gente recuerde las Olimpiadas de Pyeongchang como las que crearon el clima para un reacercamiento entre Corea del Norte y Corea del Sur, dos países que técnicamente siguen en guerra.

Aunque ha habido hazañas magníficas, tanto en el deporte como en la diplomacia, también ha habido asientos vacíos pese a que los organizadores afirman que han vendido más del 90% de los boletos disponibles. El más barato era el del hockey sobre hielo, que costaba 10,000 wons (más o menos 170 pesos).

n el Centro Alpino de Jeongseon, en los Juegos Olímpicos de Invierno Pyeongchang 2018.  (Foto: AFP)

El viernes 16 de febrero fue el mejor día en ventas de boletos, de acuerdo con los organizadores. Se vendieron casi 108,000.

En la primera semana, la atmósfera en el Parque Olímpico era un poco tranquila, aunque de repente llegaba la banda a tocar con su uniforme tradicional.

Pero los carnavales se celebran en verano por una razón. Conforme la temperatura sube, también aumenta la afluencia del público y crecen las filas para la tienda de recuerdos y las carpas de realidad virtual.

Para algunas personas, la organización ha sido frustrante.

«Debí haber estado en los servicios médicos, pero me pusieron en venta de boletos», explica la mujer de 60 años que por fin cumplió su sueño de ser voluntaria en Juegos Olímpicos. «Luego, me pasaron a servicios médicos, pero no puedo hacer nada porque no estoy autorizada para trabajar en Corea del Sur, cosa que no me explicaron antes de empezar».

La doctora Lawson dice que todavía no ha recibido los boletos de cortesía que se entregan a los voluntarios como gesto de agradecimiento, así que pagó su propio boleto para ver el slalom gigante femenil en el Centro Alpino de Yongpyong. Es la única espectadora en una fila de asientos vacíos.

«El transporte ha sido un poco caótico también, estoy a una hora y cuarto del lugar en el que estoy trabajando y es otra hora y media para ver cualquier cosa», agregó.

El boleto te da acceso al servicio gratuito de transporte entre las sedes más importantes, pero están esparcidas por toda la región, como suele ocurrir en los Juegos Olímpicos de Invierno. El viaje de los eventos en la costa de Gangnueng a los eventos técnicos alpinos en Jeongseon puede tomar más de 90 minutos en autobús; si quieres asistir al snowboard y al bobsled el mismo día, tienes que hacer un viaje de 60 minutos en autobús.

Para la mayoría de los asistentes, lo positivo supera a lo negativo. Lawson cuenta que ha conocido «gente maravillosa», mientras que Jenn Virskus, una estadounidense de ascendencia lituana, dice que «le encanta» que muchos de los jóvenes voluntarios saluden a los espectadores ondeando ambas manos.

Las sonrisas y los gestos amistosos han ayudado a superar la barrera del idioma.

¿No estás seguro de en dónde está la parada del autobús? Hay una historia sobre un voluntario que caminó durante 15 minutos con un visitante confundido hacia una parada aunque su turno había terminado.

Virskus, que está en Pyeongchang para apoyar al equipo de esquí alpino de Lituania, reconoce que el transporte era mejor en Sochi, hace cuatro años, pero prefiere la atmósfera de Pyeongchang. «Ninguno de los voluntarios de Sochi hablaba inglés y todo era caro. Aquí, una botella de agua cuesta unos tres dólares [alrededor de 25 pesos], lo cual está bien. En general, la gente aquí es mucho más amable», dijo.

Ser el anfitrión perfecto es difícil y exigente, especialmente en una escala deportiva como esta, pero en los «Juegos de la Paz», aunque las temperaturas caigan bajo cero, el mundo ha recibido una cálida bienvenida.

Fuente: Expansión

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Aletia Molina