Sábado , abril 29 2017
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Después de mí, el diluvio…

Colaboración de Carlos Ferreyra

Recuerdo los olvidados tres libros que cambiaron la vida de Enrique Peña Nieto, fallida presentación de uno de su autoría y origen de aquel grupo de jóvenes burgueses de la Ibero o la Anáhuac, para el caso los mismos, que pronto fue desplazado por los protestantes de siempre.

De cualquier forma no les fue mal: agarraron chamba en Televisa y se convirtieron en monitos del canal de las estrellas.

Se dijo que en el caso del mandatario habría que reconocer que había escrito más obras que las que había leído. Cierto, pero entre sus lecturas nunca se le ocurrió, por ejemplo, los que para su carrera le fueron impuestos por sus maestros, falla evidente de quienes le aconsejaban en aquellas aciagas horas de sus iniciales presentaciones “en público de la gente”, versión Piporro, o sus contactos primeros con sus gobernados en este caso los privilegiados de las escuelas de mucha, muchísima alcurnia.

Salvo los mentirosos de siempre, los lucidores de lecturas cultas, a nadie le cambia la vida leer uno, dos o tres obras. La vida cambia con el conocimiento que se le acumula, allí sí, con lecturas y otras disciplinas, la relación con sus semejantes, su desarrollo social y profesional…

De botepronto, el novel gobernante nacional mencionó la Biblia como lectura que le cambió la vida. Allí viene el pasaje del Diluvio Universal y como no la he leído pensaré que en ese mamotreto interminable viene la expresión “después de mí… el diluvio”.

No podemos dudar de que así lo tomó, textual, el ahora mandatario. Lo muestra su inflexibilidad ante quejas, agravios y denuncias ciudadanas.

No le conmovió el gasolinazo por lo que salió a la cancha el encargado del PRI, un moreliano que anda por tierras del norte enterándose de lo que sucede en los dominios de Trump, como si fuese novedad cuando el asesinato de minorías a manos de la policía, de acuerdo con un lo  publicado hace casi un año por el periodista de “Excélsior”, José Carreño, habla de cerca de mil 500 mexicanos, negros y otras minorías muertos bajo las balas asesinas de la policía; si recuerda un juicio contra uno de los uniformados cuya sentencia es bíblica, para seguir con ese rollo: suspendido varios meses con goce de salario y sin perder derecho a su jubilación.

Ni idea de lo que hace Ortiz Reza, salvo gastarse la poca plata que tenemos en reserva, igual que la panista Gabriela que se reúne en el norte con legisladores de ambos partidos. Sí, allí, tierra envidiada de la democracia, sólo hay dos partidos. Los demás, si existen, son imaginarios.

La señora Cuevas está consciente de que ni ella ni los legisladores gringos tienen facultades o posibilidades de cambiar una realidad. Y esa realidad es Donald Trump y su poder imperial.

Eso lo saben en Los Pinos, y por eso tiemblan ante las intemperancias de Trump, sus arranques de furia que, digan lo que digan los admiradores del gobierno norteño, no existen métodos, leyes o recursos como contenerlo. La única vía será su destitución, el famoso impechment en el que el afectado debe colaborar y de hecho alejarse del poder. No lo hará el descontrolado cerebral que ocupa la Oficina Oval, así que no comparto los optimismos de quienes lo ven fuera del poder antes de un año.

Luis Videgaray, ahora nos enteramos, ocupa una orillita del escritorio de Trump donde le corrigió parte de su más reciente y amenazante discurso antimexicano, insistiendo sobre el muro, reiterando que eso fue hablado con Peña y su anuncio de que romperá el registro de de Barack Hussein Obama, que expulsó 2.6 millones de extranjeros, la mayor parte mexicanos.

En esta maraña de la que no saben cómo saldrán, Videgaray insiste en que Trump es flexible y negociador; mientras, viaja a Chiapas para dar cuentas a los encargados de Seguridad Interior de Estados Unidos sobre las tareas que nos encomendaron: casi 200 mil centroamericanos expulsados desde el momento que trasladaron su frontera sur al Suchiate.

La embajadora gringa Roberta Jacobson, que parece competir por el cargo con Videgaray, recorre por vía aérea la frontera, supervisa los mecanismos para impedir tráfico de inmigrantes y acompaña a sus paisanos a una conferencia de prensa, mientras en la ciudad de México se niega la presencia de tales funcionarios extranjeros en inspección sobre nuestras instalaciones migratorias.

Para constancia, se publica el avión en que llegaron, el helicóptero en el que pasearon y la conferencia a la que asistieron corresponsales locales, varios periodistas gringos pero que, increíble, en los diarios capitalinos no les dieron ni media línea para constatar algo que en  régimen anteriores y con nacionalismos desatados, hubiésemos calificado de violación a nuestra soberanía.

El secretario de Estado, Rex Tillerson, ingeniero petrolero, con grandes intereses en ese rubro empresarial, recibe a Chrystia Freeland, señora que en nombre de Canadá, evidencia su molestia contra Trump y el trato a sus vecinos; la visita fue difundida con fotos y más; otra visita, de Videgaray no mereció una línea de información, lo instruyeron para que declarara que fueron muy receptivos y amables.

Dimes y diretes que nos mantienen alejados de ciertos personajes como los Duartes que con sus costales al hombro pasean sus miserias (morales, claro) por el orbe. Nadie los recuerda ni reclama; nos empeñamos en saber quién es más oportunista, los de la manifestación sabatina  los de la dominical. Me temo de de las dos no se hace una.

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