Lunes , Mayo 29 2017
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Mañana será otro día

Rafael Cardona

Todos lo sabemos de sobra: mañana, esa vaga y a un tiempo precisa insinuación de futuro cercano, siempre será otro día, pues como dijo cualquier marchanta sagaz en un mercado de la ciudad de México: si no fuera otro día, sería hoy. O ayer.

Los días —y ése es su atractivo— son como las olas marinas o las nubes celestiales: no hay una igual a la otra. Como los copos de la nieve y las huellas de las personas en las puntas de sus dedos. Nada es idéntico, así todo se parezca.

Pero mañana sí será un día especial.

No distinto, pues durará exactamente las mismas 24 horas de las demás jornadas y tendrá la misma cantidad de minutos y segundos. Medirá lo mismo, pero no me dirá (para jugar con las palabras) lo mismo.

Mañana comienza una etapa grave en la historia reciente de este mundo.

Mañana llega al poder, contra todo pronóstico, contra toda lógica, en rumbo adverso al sentido común y a la lógica del progreso, un hombre rudo e ignorante, cuya determinación de hacer de este mundo el escenario de sus caprichos racistas y falsamente nacionalistas nos pondrá a todos en condiciones defensivas y vulnerables.

Mañana llega a la Casa Blanca Donald Trump y deberíamos esperar la confesión para cuando nos sorprenda el buen Dios.

Este arribo político, este abordaje al maltrecho buque de la historia, nos debería llevar a algunos pensamientos, así fueran apresurados y superficiales. El primero de ellos nacido de un simple refrán: todo tiempo pasado fue mejor. Al menos no lo parece si nos referimos sólo a la presidencia de los Estados Unidos.

Eso suena a consuelo de viejos nostálgicos, pero en verdad, y más allá de este personaje, deberíamos pensar si el progreso es cuanto nos han dicho, o si todo lo dicho engloba todas las cosas.

¿De veras el progreso es —por ejemplo— la telefonía celular? ¿En serio la evolución humana se mide en los cientos y tantos caracteres de un tuit que diga cualquier cosa?

Humberto Eco dice del Twitter: las grandes ideas de la humanidad también se podrían expresar en pocos caracteres: por ejemplo, (cómo ven algo así como) “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Borges agradece a la divinidad las palabras dichas una tarde de una cruz a otra cruz.

Muy arcaico, los ladrones junto a Jesús, pudieron haber hecho un chat de grupo con todo y el redentor; habrían invitado a María y a Herodes, si ya había terminado con la palangana y la toalla y pudieron haber chateado: todo está consumado, momentos antes del gran y agónico final.

Hace algunas semanas leí una nota maravillosa: Una persona en China pidió ser sepultada con su teléfono celular, por si existía una vida más allá y lograra establecer comunicación. De seguro no usaba los teléfonos del hombre más rico del mundo porque la conversación de la vida eterna se le habría cortado cuatro veces antes de platicarnos el prodigio del otro mundo, del jardín de las Huríes o el Paraíso recobrado.

Hay quien le concede condición de paraíso a la nueva vida, tecnológicamente dominada, de hoy cuyos ingredientes son muchos y todos ellos ahora indispensables.

Necesitamos aspiradoras, acondicionadores de aire, batidoras, licuadoras, secadoras (de ropa y pelo), hornos de microondas, satélites de comunicación, aviones de turbina, teléfonos celulares, internet, aplicaciones, gas domiciliario, electricidad en todas partes, agua caliente, información instantánea, televisores de leds, autos de plástico, motores sin gasolina, llamadas con video, niños de probeta, fecundación in vitro, hijos del semen congelado, gemelos y trillizos por encargo, prótesis mamarias, videojuegos, sexo virtual, diamantes con la ceniza de los padres y, por encima de todo, un teléfono inteligente para hacer con él las cosas menos inteligentes imaginables.

Nada de eso tenían nuestros ancestros y, sin embargo, lograron crear una cultura capaz de inventar después todos esos aparatos, servicios, artefactos y artilugios y, además, ir a la Luna. Nadie sabe el provecho de tan largo viaje, pero llegaron hasta allá.

Cuando los fundadores de los Estados Unidos tenían tiempo para pensar, produjeron a Madison, Franklin (la maravilla de Franklin), Adams, Washington, Jefferson y otros más. Los americanos de hoy, sin tiempo para algo más allá de chatear con los dedos en un teclado, produjeron a Donald Trump.

A partir de mañana yo, como todo ruco necesitado de respeto, diré una y otra vez: se los dije, el pasado fue mejor.

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