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Ehhhh…que viene el lobo!!!!

fco fonsecaFrancisco Fonseca N.

León Felipe Camino murió -¿cómo que murió?-, el 18 de septiembre de 1968, hace casi 50 años, cuando nuestro país crecía en el fortalecimiento de la conciencia. ¿Cómo que murió? Si su voz y su palabra las tenemos prendidas en el alma, más vivas que nunca. Bien dijeron quienes bien lo conocían que “pese a su voluntad estaba cumpliendo su destino, porque él era un hombre de destino, poeta no de oro ni de plata ni de bronce, sino de barro, que es la sustancia más adecuada para hacer el retrato del hombre, del mismo barro sucio, sufrido y humilde que han pisado en la vida sus pies”.

¿Cómo que murió? Si una voz interior, sonora y firme le advirtió que tenía que recorrer mil veces las trágicas horas de su España ensangrentada y mil veces más los caminos polvosos de su América y el rudo paisaje de su altiplanicie mexicana, “donde Dios mismo no sabe qué decir ni qué decidir”, hasta que encontrara la respuesta final a su angustiado reclamo de identidad:“¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Qué será de mi conciencia?”.

León Felipe decía: “Los poetas sabemos muy poco. Somos muy malos estudiantes, no somos inteligentes, somos holgazanes, nos gusta mucho dormir y creemos que hay un atajo escondido para llegar al saber y en vez de meditar como filósofo o de investigar como los sabios, ponemos nuestros grandes problemas en el altar de los oráculos o dejamos que los resuelva aleatoriamente una moneda de diez centavos y decimos, por ejemplo: puesto que no sé quién soy, que lo decida la suerte ¿cara o cruz?”.

León Felipe fue un quijote antiguo, transportado a nuestro tiempo por el viento, esa fuerza misteriosa de la creación poética. No fue dueño de nada, pero fue su casa de siempre el mundo entero. Luis Rius definió el contorno del poeta, puso los límites precisos a sus pasos: “Esa ansia, esa fuerza que impulsa al poeta a cantar no es suya, es de todos los hombres, de todos los pueblos. Y es que el poeta no es, en el fondo, no lo ha sido nunca, más que un viejo juglar que canta de memoria los versos que más le conmueven, los más elementalmente humanos, sin poder discernir ya, cuáles son los propios y cuáles los ajenos”.

¿Cómo que murió el viejo juglar del roto violín? Si todavía falta que remoje la palabra divina, falta que ablande con el vano de su aliento y la humedad de su saliva y de su sangre -como él así lo quería- el polvo seco de los libros sagrados y vuelva a hacer marchar los versículos quietos y paralíticos con el ritmo de su corazón.

No. León Felipe no ha muerto porque sus palabras, sus poemas, sus versos son actuales, son válidos. En su tiempo alertó a España sobre la dictadura que se acercaba. Si aquel quijote susurraba, entonces en los oídos de los viejos rabadanes españoles que cuidaran sus casas, que venía el lobo, hoy lo hace en el rudo paisaje de su altiplanicie mexicana, “donde Dios mismo no sabe qué decir ni qué decidir”.

Las últimas tres décadas no han sido fáciles para nuestro país: muertos por miles, devaluación del peso, la moneda que cada día se achica más, omnímodo poder de las redes sociales intocables, delincuencia cada vez más organizada, vida de lisonja y marrullería de los políticos mexicanos, más lo que se siga acumulando. Sin embargo, las palabras de León Felipe permanecen, quedan allí para dibujar la protesta contra la injusticia, el oprobio, la inmoralidad, la explotación de las clases bajas. Hoy es muy válido gritar:¡Ehhhhh…..hay que estar alerta, que viene el lobo, que viene el lobo!

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