Lunes , Julio 24 2017
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Arroje la primera piedra…

Carlos Raúl Navarro Benitez

En la película ” Y después de Lucia”, se exhibía una  manifestación de sombra de violencia escolar, bautizada como bulling, para darle tono gabacho con la asunción de Trump, a un fenómeno extendido que se denunciaba ahí y desde diferentes medios. Ese filme causó un asombro enorme. Muchos no sabían de esa guerra intestina escolar, o eso decían, mientras que el Internet registraba un día y otro también múltiples peleas donde el género no era obstáculo para repartir trompadas y desgreñar  rivales. Como reacción, el pudor público propuso el paliativo de la “mochila segura” que evidentemente no servía para nada. En  “Tenemos que hablar de Kevin” , filme norteamericano, se retrata a un joven que avisa a sus padres que perpetrara una masacre en la escuela, y nunca le ponen atención.

En la universidad donde colaboro, esas expresiones agresivas se manifestaban recurrentemente; una alumna estrangulada en el aula por su novio (salvada por sus compañeros), otra asesinada afuera de las instalaciones (presuntamente por problemas de celos), confrontaciones subidas de tono, amenazas por diferencias en las calificaciones o por la forma de impartir clases.

Mientras esto ocurría, los estudiantes eran capaces de identificar en los medios de comunicación, o en la música, la violencia, pero no de notarla en sus propias vidas. A pesar de padecer distintas formas de marginación y descalificación las alumnas tampoco protestaban. Se les hacía natural. Textos sobre la “masculinidad tóxica”, por ejemplo, eran criticados por padres, hermanos y amigos de las alumnas.

La destrucción de la naturaleza en la que estamos involucrados nos incluye como especie. A todos. Exterminamos también a las mujeres, dadoras de vida, a los niños, ancianos, animales no racionales y a los congéneres en todo tipo de guerras absurdas, Incluso fratricidas. Quien crea en el infierno como castigo en otra vida que indague lo que sucede en Siria y distintas regiones del mundo.

Un intelectual, recientemente fallecido, equiparaba a la civilización occidental con el nazismo, como una forma de holocausto más “civilizada”.  Vivimos, más bien morimos, en un mundo y país demenciales. Se ha normalizado la patología. Es más, las normas culturales la justifican y fomentan. Aquellos considerados como “anormales” son los que se oponen a esa barbarie y fomentan vivir humanamente. Se grita y señala permanentemente “al ladrón, al ladrón”, denunciando hipócritamente la paja en el ojo ajeno, sin atrevernos a mirar y reconocer, la viga en el propio.

La clase política sin distingos que fungen como empleados de los “dueños del país”, la “mafia del poder”, bautizada así por un populista,  que incluye a los banamexes, bachocos, eslimes, azcarragos, salinos, bimbos, modelos, totalmente palacio, sorianos, bonortenses, interacciones, y otra no muy extensa porción de “barones del dinero”, y sus cofrades religiosos, mediáticos  y educativos, han construido la ruina en que sobrevivimos. Cada vez con mayor dificultad, comunes y cada vez más corrientes. Ese modelo rapaz ha generado violencia generalizada que en cualquier momento estallara.

Los ciudadanos cómodamente se ubican como víctimas pero en general hemos sido cómplices por acción u omisión de esta debacle que aniquila. Hace meses, estuvimos a punto de perecer asfixiados por la polución, por citar un ejemplo reciente de la locura en que estamos sumergidos que incluye todo tipo de toxinas. Los fraudes electorales impúdicos se repiten vulgares, mientras nos ocupamos de minucias.

La vía democrática para renovar los poderes públicos no pasa por el proceso democrático electoral. El mensaje es clarísimo: solo por la violencia se puede cambiar el país. Algunas generaciones anteriores creyeron y cayeron en esa provocación, en tal utopía en ese garlito.  Ha sido una provocación constante que derivará en un Golpe definitivo.

Escuche a muchos comentocratas alardear de que en México nunca sucedería lo que ya pasó en Monterrey. Esos mismos que cada elección convocan a sufragar, para ahora sí, lograr algún cambio. Los que justifican, casi siempre, lo injustificable, que tiene miedo y pereza de botar sus paradigmas “intelectuales” aprendidos, cobran dietas jugosas y se muestran pavoneándose para ponerse a la orden del mejor postor. Por la derecha o izquierda o si les perjudica y no beneficia por el centro. A los que la cruda “realidad” los desmiente una y otra vez a diestra pero primordialmente por la siniestra. O los maestros que enseñan o enseñamos siempre lo mismo cómodamente amamantados, pusilánimes. No se dan cuenta, aparentemente, que su conocimiento está sustentado en el error y la ilusión. Que niegan la total incertidumbre del entorno. Tapar el sol con un dedo.

El cuerpo social muestra síntomas de enfermedad terminal. Esos brotan por doquier. Y se tratan de curar con aspirinas y mejorarles. Tratamientos contra el cancer cuya fórmula es agua destilada, patentada por el médico brujo, Duarte. La sombra, saco en el que depositamos todo aquello que nos desagrada de nosotros, de cada uno, se está manifestando colectivamente. Lo que tampoco asimilamos porque contradice al ego, que representa lo que no somos, la máscara; o lo hace parcialmente, y resultamos incapaces de comprender nuestra parte oscura, diabólica, demoníaca, destructiva, violenta, expulsándola al exterior constituyendo, construyendo el entorno social. Es un espejo inmenso donde nos miramos y descubrimos cada día. Es la noche de esa luminosidad. Al no asimilar tal cúmulo que consideramos basura, contaminamos, proyectándonos en los de enfrente, el clima social.  

Este adolescente que se disparo e hirió  a sus condiscípulos y maestra,  y nos apuntó a todos, muy posiblemente  se sentía amenazado y ansioso. Padecía depresión, la enfermedad del siglo XXI, que será pandemia durante los próximos años. Incuba violencia interna que en cualquier momento se expele al prójimo. Sin aparente justificación. Posiblemente su caparazón egocentrico explotó y la sombra brotó a la luz de un día regio.


En el caso de que esa energía haya sido reprimida durante mucho tiempo y con intensidad, derivó en disponer del revolver de su padre, disparando  a mansalva no sólo contra sus compañeros y profesora sino sobre una sociedad que se muestra aterrada frente a esta tragedia. Los progenitores, con culpabilidad manifiesta,  suponen multiplicación de hijos asesinos y suicidas. Aquella se veía venir.  Y otras que no tardan en brotar. El mecanismo vulgar de auto defensa colectivo ha sido promover la censura en la exhibición de los hechos, jugando a la avestruz. Disparando frases huecas, moralinas. Tal hecho abominable igualmente nos hacen mirarnos tal y como somos. Una sociedad de mueca grotesca con rostro purulento y tumefacto.  Por ello da tanto miedo. Eso hemos construido, parido.

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