Miércoles , Mayo 24 2017
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El diente frío

fco fonsecaFrancisco Fonseca

Me es grato dedicar este espacio para continuar con el tema del Padre de la Patria, quien fue fusilado hace 205 años en Chihuahua. Miguel Hidalgo fue la figura más importante del movimiento libertario, generador de circunstancias y convocante permanente a la lucha contra el mal Gobierno.
La historia de México es grande y vasta; de esta vastedad han hablado cientos, miles de historiadores, cronistas, actuarios, narradores, pregoneros, trovadores, decidores y escribanos. Muchas narraciones son iguales y posiblemente respondan a la realidad; otras crean crisis y confusiones en el devenir de los acontecimientos de las cuales se aprovechan los malos mexicanos para externar lo que creen su verdad.
Pero la verdad yace en el fondo de las conciencias del pueblo mexicano y es la verdad que ilumina tenuemente el sendero de esta Patria mía tan denostada y vituperada en los últimos años. Tanto lo ha sido que México es hoy un pueblo dividido, y más que eso, confundido, sin un horizonte cierto hacia el cual dirigirse. Somos una nave al garete.
Pero vuelvo al tema de Hidalgo. Y me refiero concretamente al magnífico libro que -en memoria del caudillo- escribiera en 1996 el político, diplomático e historiador, hoy desaparecido, Mario Moya Palencia, bajo el título de El Zorro Enjaulado. Dice Moya Palencia que “Hidalgo fue apodado por sus compañeros del Colegio de San Nicolás en Valladolid -hoy Morelia- con el mote de El Zorro, a causa de su inocultable astucia, de su hábil manejo del lenguaje y también porque de sus labios se asomaba el protuberante canino derecho, que incluso aparece en uno de sus retratos al óleo que quedaron para la posteridad”. Este retrato fue titulado por su autor como El Diente Frío.
Este cura, este líder, este zorro estuvo enjaulado; pero la jaula a la que se refiere el autor no es la prisión que sufriera en las Norias de Baján, en Coahuila, ni en Chihuahua donde fue fusilado y en donde le cortaron “su hermosa cabeza blanca” como refiere Justo Sierra.
El Virrey ordenó que les cortaran las cabezas a Hidalgo, a los capitanes Allende, Aldama y Jiménez y que fuesen colocadas ¡durante diez años! en jaulas o escarpias en las cuatro esquinas del edificio que almacenaba el abasto guanajuatense, la Alhóndiga de Granaditas. Así pues, el título de la novela alude tanto al ambiente en el cual vivió nuestro Libertador antes del Grito de Dolores, como a la cruel e inhumana exhibición de la que fue víctima su cabeza convertida en una calavera descarnada.
Refiere Moya Palencia que: “…de la investigación hecha y del manejo de la vastísima bibliografía sobre el zorruno cura, además de la rica personalidad humana que tuvo Hidalgo como intelectual, como sacerdote, como padre amoroso y responsable de por lo menos cinco hijos habidos con tres mujeres, se desprende su franco papel de continuador de la utopía creadora de don Vasco de Quiroga para dotar a los indígenas y las castas de su región de artes, oficios, industrias y medios de vida para su desarrollo, lo que convirtió el curato de Dolores en una gran fuente de trabajo y un ejemplo para todo el país, que haríamos bien en revivir”.
Gabina Natera, lugarteniente de Hidalgo en la lucha insurgente, fue degradada de rango por Ignacio Allende cuando éste y otros cercanos al cura lo desconocieron como cabeza del movimiento. Gabina perdió su sombrero de mando y solo conservaba sus botas de campaña.
Entre los cientos de incrédulos asistentes al fusilamiento del cura, se hallaba una mujer harapienta que apenas podía sostenerse en pie. Desde lejos vio por fin a Hidalgo. Estaba muy delgado, menos moreno por la falta de sol y pelado casi a rape. Gabina captó desde lejos el destello espiritual del hombre que cumple su destino y está seguro de sí mismo. Cuando se dio cuenta que Hidalgo no sufría, Gabina Natera dejó de llorar. Se sentía orgullosa del Generalísimo de América, del padre de su hijo.
Cuando Miguel Hidalgo y Costilla rodó por el suelo en medio de un gran charco de sangre, Gabina Natera perdió el sentido y se desplomó también. Eran las siete de la mañana del 30 de julio de 1811.

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